sábado, 3 de agosto de 2013

ARTICULO




S.O.S.  LIBERTAD


Por el Lic. Maximino Gómez Alvarez  (Historiador y Vice-Presidente de la Asociación para la Investigación y Difusión de la Historia Naval de Cuba)

La balsa ya había sido fijada fuertemente a estribor de la embarcación de guerra norteamericana, y por la escala comenzaron a ascender los náufragos; primero los más débiles, luego los que aún podían hacerlo casi sin auxilio, entre ellos el fogonero del mercante cubano Libertad, Emilio Sánchez; un joven marinero estadounidense le ofreció su fornido brazo, -Are you okey?

     Ya en cubierta los sobrevivientes fueron arropados con gruesas mantas de lana y recibían la atención del personal sanitario de salvamento. Uno de los oficiales norteamericanos extendió a Emilio una vasija de aluminio con sopa hirviente, la que apenas éste podía sostener entre sus manos temblorosas. Cuando los rescatados fueron acomodados en el buque que ponía rumbo en dirección a una estación naval de la US Navy Force, Emilio trataba de recomponer la dramáticas horas vividas; su buque había zarpado del Puerto de Antillas conduciendo en sus bodegas 60.000 sacos de azúcar con destino a Baltimore. Después de tres días de travesía escoltada por una cañonera, alcanzaba el puerto norteamericano de Key West con el objeto de unirse a un convoy compuesto por once mercantes estadounidenses y uno sueco; el Libertad fue el cuarto barco en abandonar el abrigo del puerto en la tercera línea de babor, custodiado por cuatro torpederas. Durante tres días navegaron con mar picada; a punto estaba de dar la madrugada del sábado, cuando Emilio se asomó al puente y observó a través de la inmensa oscuridad, la silueta de las naves que mantenían su monótono e inalterable rumbo; a lo lejos, dos de las embarcaciones de guerra intercambiaban señales lumínicas que se confundían por momentos con las enormes descargas eléctricas de los relámpagos que se dibujaban en el horizonte. El tiempo había empeorado y el Libertad hincaba una y otra vez su proa en las intranquilas aguas, mientras las olas como torrentes barrían la cubierta, haciendo zarandear la nave, a pesar de la pesada carga que llevaba en su vientre.



 Mercante cubano "SS Libertad", hundido por la acción del U-129 comandado por Richard von Harper.
 
      A la memoria del rudo marinero de 47 años, de rostro noble, sien encanecida y de profunda mirada azul, vinieron aquellos recuerdos de la infancia transcurridos en su querido pueblo villareño de Cifuentes, imaginándose al lomo de la yegua del tío Perico, cazando pichones o persiguiendo mariposas multicolores; también pensaba en su dulce esposa y en sus tres hijos que aguardaban su regreso al cálido hogar de la calle Oficios 304, en la Habana Vieja.
 
      Cerca de las 12:10 de la madrugada del sábado 4 de diciembre de 1943, Emilio decidió irse a dormir, al día siguiente estaría franco en su guardia como fogonero, el cansancio le dominaba y nada más posar su cuerpo en la angosta litera quedó profundamente dormido; luego recordaría que esa noche, al dormirse, comenzó a soñar con su padre, el que había muerto hacía ya algún tiempo, pero al que siempre recordaba con inmensa ternura. En aquel sueño se veía a sí mismo caminando junto a su progenitor por las calles habaneras próximas al puerto, mientras éste le narraba extraordinarias historias de tormentas y accidentes marinos, repitiéndole: “hijo, mucho cuidado con el mar que está lleno de peligros”; aquello recordaría también el marinero, fue como una premonición, porque a las cuatro y dos minutos de la madrugada, por primera vez en muchos años, los tañidos de la campana del cuarto de máquinas que anunciaba el relevo de los equipos, le había despertado; segundos después, mientras reanudaba el sueño reparador, una enorme estampida, seca y brutal hizo estremecer al buque de babor a estribor. De un salto abandonó su litera, mientras que muy cerca de él, su amigo, el negrito Atilano Barreiro, otro de los fogoneros del mercante, hacia lo mismo al tiempo que exclamaba:

-¡Emilio, coño, esto es un choque!

El y Atilano corrieron a cubierta para averiguar qué pasaba, sin reparar en nada más, como intuyendo que cada segundo transcurrido era decisivo; Emilio luego recordaría, que había dejado en la gaveta de su pequeño armario del camarote, cincuenta y seis pesos y su reloj de oro comprado a plazos en una joyería de la calle Monte. Ya en cubierta, advirtieron la catástrofe; miembros de la tripulación corrían de un lado a otro en todas direcciones, de entre las escotillas y ojos de buey brotaban voces de auxilio y espantosos gritos de angustia, entre enormes llamaradas y espesas nubes de asfixiante humo negro y desde el puente de mando se oían incesantes silbatos de alarma, avisando del peligro a la tripulación.

Emilio se arrojó a la mar por babor, sin pensarlo dos veces, mientras Atilano hacía lo mismo por el lado de estribor, con la intención ambos de nadar hasta las balsas de salvamento, que ya no estaban en las jarcias, sino flotando sobre las olas; Emilio nadó en dirección a una de ellas, distante unos cincuenta metros y mientras nadaba volvió su vista atrás y pudo observar como en la barandilla exterior del puente de mando, el capitán del barco, Gondra Urrutía, con gesto sereno, aferrándose al pasamanos y como un viejo lobo de mar, decidía hundirse con su nave. El marinero continuó nadando desesperadamente, mientras no cesaba de gritarle a su compañero: -¡Atilano a la derecha, nada a la derecha!-, pero no recibió respuesta; al alcanzar la balsa, presa de la fatiga y el frío, que comenzaba a calarle hasta los huesos, no dejó de gritarle a su compañero con ayuda del contramaestre Carlos Aguayo Díaz, pero todo resultó inútil, el simpático negrito Atilano Barreiro había perecido ahogado al ser succionado por el enorme remolino formado por las aguas que se habían tragado al Libertad, en apenas unos pocos minutos.
 
Un inmenso sentimiento de desolación se apoderó de los náufragos, que yacían en la balsa ocupada por Emilio. Llenos de rabia y de dolor se disponían a enfrentar los peligros que se avecinaban; abrieron las horquillas, encajaron los remos y comenzaron a dar vueltas en un mar alborotado y hundido en las tinieblas, de donde provenían constantemente angustiosas voces de auxilio, que les llenaron de bríos para salir a la búsqueda de sus compañeros en apuros. Poco a poco fueron rescatando algunos de sus camaradas; primero, a Mario González Cabrera, marinero; a continuación a Antonio Montenegro, agregado de máquinas; poco después a Demetrio Giménez, timonel; a Manuel Laguna, camarero; a José Cabañas, segundo oficial de máquinas; minutos más tarde a Secundino Vizoso, marinero; seguido de Luis Nodal Negrín, mecánico y de Antonio Rodríguez Iriepa, ayudante de máquinas, que a punto estuvo de morir ahogado. Continuaron remando sin rumbo fijo durante un tiempo indeterminado, que le parecieron siglos, hasta que dieron con otra de las balsas de salvamento que se encontraba al garete y que sólo estaba ocupada por dos hombres, Gabino Pedros, cocinero y Francisco López Fraga, ayudante de máquinas. A continuación los marineros decidieron dividirse entre ambas embarcaciones y las aparejaron, evitándose así que se perdieran en la oscuridad de la noche y de esta manera comenzaron a flotar al pairo, entre restos esparcidos del Libertad, tales como bidones de aceite semivacíos, cestas, trozos de madera de la cubierta y otros, que aún se mantenían sobre la superficie de un mar pegajoso, mezcla de combustible y agua salada.
 
El buque cubano había sido torpedeado por el U-129 comandado por Richard von Harper, a unas cincuenta millas de Cabo Hyateras y el resto del convoy había seguido su rumbo desapareciendo en la oscuridad. El torpedo había hecho impacto en el centro de la embarcación, a la altura de la línea de flotación, destrozando el cuarto de máquinas y dejando un impresionante boquete que provocó la rápida desaparición del buque por la zona de popa, llevándose en su dantesca inmersión a veinticinco de sus tripulantes.

Dramáticas horas siguieron al hundimiento de la embarcación cubana, la mayoría de los supervivientes, semidesnudos, sin lonas para cubrirse de la incesante lluvia y el frío, disponían sólo de una pequeña lata de galletas como único alimento y cuatro cubetas de emergencia con agua potable, que fueron protegidas convenientemente, al tiempo que se planificaba su suministro, ante la incertidumbre de que pudieran transcurrir horas, quizás días en solitario, en aquel mar embravecido sin otros recursos con que contar. Al amanecer del día siguiente, prácticamente todos yacían exhaustos, abrazados entre sí con el objetivo de paliar el frío provocado por bajas temperaturas; cerca del atardecer uno de los náufragos advirtió la presencia de un avión norteamericano de reconocimiento, que al descubrirles, comenzó a volar describiendo círculos en torno a las embarcaciones, mientras los supervivientes no paraban de hacer señales con los restos de sus vestimentas. La tripulación de la aeronave realizó dos pases a baja altura, con la intención de dejar claro que habían reconocido la presencia de las balsas, para luego alejarse y desaparecer en el horizonte. La esperanza de los sobrevivientes, sufrió un súbito cambio, aquel vuelo de reconocimiento era una razón más que suficiente para que pensaran que pronto aquel infierno tocaría a su fin; se hizo de noche nuevamente en un escenario de mar gruesa provocada por el mal tiempo. Al amanecer del día siguiente, los marineros despertaron por el poderoso rugido de tres aviones de reconocimiento, entonces observaron cómo se aproximaban dos dirigibles, cuyas tripulaciones les hacían señales como pidiéndoles que aguantaran un poco más. Al saberse localizados y con la esperanza del que el rescate era sólo cuestión de horas, los náufragos optaron por permanecer tranquilos y a la espera; aquella tranquilidad sólo se vio perturbada ante la presencia de decenas de enormes y hambrientos tiburones de color acerado, que en aptitud desafiante, no cesaban de dar vueltas en torno a las balsas de salvamento como a la espera de una orgía de sangre que desatara un macabro festín.


Naúfragos del mercante SS Libertad.

A punto de ser rescatados.

Cerca de las cinco de la tarde de aquel mismo día, Emilio y sus compañeros, después de treinta y siete horas agónicas de fatiga y tensión, advirtieron la proximidad de dos caza submarinos que a toda máquina, acudían a su rescate, poniendo fin así al dantesco episodio.

Emilio abandonó su reflexión, cuando el ayudante de máquinas Antonio Rodríguez Iriepa, que permanecía sentado a su lado, dándole un golpecito en el hombro, exclamó sonriente: -Emilio, compay, ¡nos hemos salvado en tabla de guayaba!

 Arribo de los supervivientes al Puerto de la Habana a bordo de un caza submarinos.